15.

9 agosto, 2010

A la mañana siguiente, un fuerte viento me despierta escupiéndome la arena en la cara. Me refugio entre unas rocas donde he acondicionado unas ramas a modo de para-vientos. De sopetón una infinita tristeza me embiste de frente. Siento un dolor punzante en la boca del estomago. Es hambre, pero no de alimentos, es hambre de piel. Me arrodillo y lloro intensamente. Voy a morir en esta maldita isla sin volver a sentir una piel sobre mi piel. Me acaricio y termino arañándome hasta hacerme sangre. Grito. Grito. Gritoooooooooooooooooooooo. Me revuelco por la arena hasta cansarme de mi berrinche y como los niños, a los que nadie hace caso, me quedo medio dormido harto de mi mismo, hastiado de tanta repetición, aburrido de que la vida en ocasiones se me materialice como la rueda sin fin de la jaula de un ratón. Entonces vuelvo a abrir el baúl de los recuerdos, consiguiendo de alguna forma salirme de mi mismo y verme desde un cierta perspectiva…

En consecuencia, llevo años repitiendo escenas parecidas sobre las tablas del escenario de mi propia vida. Iluminada por una suave luz cenital se ve sentada sobre una silla a una chica con cara de niña y cuerpo de mujer. (Otra vez, otra niña, otra vida) La miro durante minutos sin que ella se sepa observada. Un rato después entro en escena, caminando despacíto con aire despreocupado, cruzamos el gesto y por unos segundos soy naufrago de su mirada liquida. Me sonríe. Le devuelvo la sonrisa y desaparezco feliz por el foro del escenario de mi escena. Bajo a la platea y sigo mirando. Me gusta ser el observador. Entonces aparece sobre mis tablas un tipo elegante, alto y guapo. Se acerca hasta “mi niña” y en un instante, de pronto ¡¡¡¡¡están besándose!!!!! ¡¡¡¡Mierda!!!!! Mi-errrrrr-da. Cierro los ojos, empiezo a sufrir y a regodearme en mi acostumbrada fatalidad. ¡Hay que hacer algo!. Me acerco al técnico de sonido y le pido el Headhunters de Hearby Hancok. Me vale cualquier rola de ese disco, mi diyei!, es un disco perfecto. Comienzan a sonar las primeras notas de ese teclado mágico y mis pies empiezan a moverse. Sobre el escenario veo bailar a mi niña mujer, ¡sola!, en su propio mundo de movimientos. El galán embobado se convierte en espectador y desaparece lentamente por el foro. Mis pies me salvan una vez más de mi cabeza y me acercan bailongo a la pista de baile donde suavemente dejamos que el groove se apodere de nosotros. Es ahora cuando pienso que hemos venido a este mundo para bailar y quien no baile morirá  lenta y silenciosamente.  Pero el disco se acaba y el hechizo se deshace al contacto con la realidad. Ella me mira felina y dulce, pero yo, el amante errante, pienso “que ella piensa, lo que yo pienso”, y en medio de tanto pensar pierdo el puto momento, y el instante de la seducción, de la mentira, del engatusamiento, del cortejo, del escaparate sensoemocional y todo estalla en millones de pedazos. La niña mujer tiene sueño y nos vamos a dormir. Si puedo dormir con una mujer sin hacerla el amor, es un claro síntoma de mi declaración de intenciones por ella. Cuando follas con alguien por el mero hecho de follar, lo difícil, en la mayoría de los casos suele ser dormir a su lado después. Cuando amas, lo más bonito de todo es dormir, atrincherarse en una cama y no despertar nunca. Escuchar su respiración y pensar que no me importaría escucharla por el resto de mis días. Pensando sin duda en lo mucho que me va a gustar hacerla el amor alguna próxima mañana, en la siesta, en la noche, en la ducha, en la cocina, o en la sala de máquinas de un ascensor.

Pero esta vez no hubo próxima mañana. Tan solo un beso torpe de despedida. Luces fuera. Abajo el telón. El público aplaude y llora. La función a terminado. Supongo que esta vez todo se ha torcido. Ando buscando como un perro vagabundo, careos con Cupido™. El azar otra vez de parte del amor me zarandeaba y yo me dejaba llevar, arrastradome como una pluma hasta la orilla del mar. Hasta el borde mismo de sus ojos tristes de mirada alegre. Tanta agua. Tanta sal. Tanta arena para dejar en ella las huellas de mis zapatos. Al final me quedé atrapado en esa isla sartén, en esta tacita de plata donde el tiempo pasa despacito. Mi misión era vigilar las mareas y componer la banda sonora de cada mañana, rescatando  guitarras y  discos de su pasado, retozando juntos en la melancolía de las canciones de nuestras vidas. Es curioso como una misma melodía, puede provocar recuerdos tan dispares para cada uno de nosotros. Flashazos de mi primer amor, de mi infancia, cuando mi mayor ilusión era  vivir dentro de una canción de Sabina; Pongamos que hablo de Madrid o pongamos que hablo de Cádiz, o no pongamos nada, dejémosolo en blanco, como un cheque al portador, auto rellenable. En fin ¿Pero se ha torcido o resulta que me gustaba que se torciera?, ¿me gustaba sufrir?, ¿me asustaba cuando todo iba demasiado bien?… es posible, que fuera la dificultad del amor lo que me atrajese y no el amor en sí. Creo que me pasaba como al policía que persigue a un ladrón durante toda su vida, porque es su deber y cuando por fin le atrapa se da cuenta de que lo que ama no es la justicia sino la lucha por la justicia. Yo amaba la lucha por el amor. Y el amor me daba miedo, aunque lo necesitase como necesitaba el aire para respirar. Era un naufrago, de un mar de veintidós años.

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